9.29.2010

La risa de Manuel Marulanda Vélez



Al tiempo que los combatia con singular maestria, sabia reirse a carcajadas de sus perfumados y pretenciosos enemigos.
Gabriel Angel A finales del año 2005 fui invitado a tomar parte en una reunión convocada por el Camarada Manuel Marulanda Vélez en su campamento central. Cerca de cuatro docenas de mandos de los bloques Oriental y Sur de las FARC participaban en ella. Aquella, desde luego, era una ocasión muy especial.  El Camarada se proponía darnos a conocer el cúmulo de documentos elaborados por el Secretariado Nacional de las FARC durante los últimos seis meses, pero sobre todo, presentar a nuestra consideración un material elaborado por él mismo acerca de la situación política nacional y los desarrollos de la confrontación armada contra el llamado Plan Patriota, operación militar de gigantesca envergadura que se acercaba a completar los dos primeros años de ejecución contra nosotros
Tal y como él acostumbraba para ese tipo de actos, hasta el más mínimo detalle estaba perfectamente previsto. Aún en medio de la hostilidad enemiga, al penetrar al campamento del Comandante en Jefe de las FARC se podía respirar un aire de absoluta calma. Quizás cuándo habría aprendido Marulanda a ubicarse siempre en el ojo del huracán, porque jamás se hallaba lejos de lo más agudo de los enfrentamientos. Pero al mismo tiempo sabía hacerlo de tal modo que parecía encontrarse a mil kilómetros del más leve de los riesgos. La adopción de toda clase de seguridades para nada reñía con la tranquila rutina que se vivía en su unidad.
Durante los breves días que duró la reunión, fue él sin duda la figura central. Sin que en ningún momento su sorprendente sencillez diera lugar al menor asomo de suficiencia. Sabía, porque sin ninguna duda tenía que saberlo, que todos los presentes allí sentíamos por él un profundo respeto. Que ante nuestros ojos se dibujaba como una figura grandiosa, un personaje de colosales dimensiones militares y políticas. No en vano, durante 55 años continuos, había librado de modo victorioso la más prodigiosa guerra de guerrillas que conociera la historia. La ira del poder imperial de los Estados Unidos, unida al odio visceral de la oligarquía y el militarismo colombianos, se habían estrellado siempre en vano contra su intuición de guerrero nato. Jamás habían podido alcanzarlo, ni siquiera herirlo. Sin embargo su  tono de voz, sus maneras, su trato con los demás, no lo diferenciaban en nada del más noble y cariñoso abuelo que pudiera encontrarse en cualquier pueblecito andino de Colombia.
Aunque no hablara propiamente de cosas tiernas. Diseccionaba con magistral agudeza las distintas etapas de la operación en curso y orientaba con precisión los modos de actuación que debían caracterizar la respuesta guerrillera. Recuerdo en particular su análisis del más reciente cerco del que habíamos salido bien librados todos. Había ocurrido al sur del río Caguán. Los generales colombianos, asesorados permanentemente por personal del Ejército norteamericano, consideraron terminada su fase de inteligencia contra las FARC y dispusieron la hasta entonces más grande maniobra de despliegue con el fin de aniquilar su dirección. Nuestros movimientos se iniciaron al tiempo que los primeros desembarcos aéreos. Conducidos por Manuel Marulanda y el Mono Jojoy, la cúpula de las FARC burló con asombrosa pulcritud la todopoderosa agresión enemiga. De ella nos hablaba Marulanda seis meses después, a trescientos kilómetros al norte de donde había ocurrido.
Para entonces había logrado reunir toda la información sobre los movimientos de la tropa. Después de ubicarse a una y otra distancia de los campamentos de las FARC, veintiocho patrullas de soldados profesionales, compuestas por lo menos de trescientos hombres cada una, apoyadas por vía aérea con helicópteros artillados y aviones gringos de inteligencia y caza bombarderos, se lanzaron como fieras hambrientas sobre su codiciada presa.  Jamás pudieron entender cómo se habían escabullido de allí las fuerzas que esperaban aplastar. Marulanda y Jojoy les habían preparado un recibimiento muy distinto al que esperaban. El Ejército, la Infantería de Marina y la Fuerza Aérea se encontraron embarbascados en una guerra de desgaste contra comandos guerrilleros móviles. Cuando varios meses después éstos se hicieron a un lado, el objetivo principal se había esfumado como por encanto.
Al hablar de aquello, Manuel Marulanda Vélez no podía contener la risa. En uno de los recesos de las sesiones, al pasar por frente a su habitación, me encontré con él a boca de jarro. De manera completamente natural se dirigió a mí, agitando su mano derecha del modo con el que los colombianos solemos señalar de la que nos salvamos, y me preguntó, dominado por la carcajada, qué opinaba yo acerca de esa manada tan gigantesca de soldados que habían lanzado contra nosotros. Comprendí que en realidad no esperaba una respuesta, simplemente deseaba tener un cómplice para celebrar lo que juzgaba una enorme travesura, haber puesto de ruana una vez más la soberbia del Presidente y los altos mandos militares.
Jamás olvidaré ese rasgo del Comandante Marulanda. Por eso me gusta rememorarlo así, como lo vi durante ese día y los siguientes. Dos años después de ocurrida su muerte, me lo imagino del mismo modo. Riéndose a carcajadas de Álvaro Uribe Vélez, quien en su idiotez se atrevió a afirmar que habían sido las bombas y los ametrallamientos los que habían acabado con su vida. Celebrando como un niño las ridículas promesas de los diferentes candidatos presidenciales que ofrecen, como tantos otros antes que ellos, que acabarán con las FARC.
Manuel Marulanda Vélez, en su risa, en su astucia, en su sabiduría, sabía bien que él y el Ejército del Pueblo que conformó durante su vida, encarnan a la perfección los anhelos de justicia del pueblo colombiano. Por eso estaba completamente seguro de vencer, de que tarde o temprano llegará la hora de nuestra victoria. Al tiempo que los combatía con singular maestría, sabía reírse a carcajadas de sus perfumados y pretenciosos enemigos. Los perfumados y pretenciosos enemigos del pueblo colombiano. De los que nos reímos todo el tiempo las FARC, sobre todo cada vez que vuelven a lanzarnos sus bochinchosas amenazas.

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