3.02.2010

PUEDE SER VIETNAM

Escrito por Rogelio Buitrago
viernes, 22 de enero de 2010

Al comenzar una nueva década el pueblo colombiano sigue siendo víctima de la más perversa, prolongada, desconocida y atroz guerra de las mencionadas como de “baja intensidad”, quizás con el larvado propósito que pase desapercibida, invisible, ante la mirada impasible de las otras naciones del orbe tratando de evitar que otros se solidaricen con la justa lucha de resistencia que adelantan los agredidos.


Una verdadera cuadrilla de “centros de investigación“, “catedráticos”, “psicólogos”, “sociólogos, “psiquíatras” y algunos “periodistas” etc., asalariados de los gobiernos de turno o pagados desde la embajada de los Estados Unidos, en Bogotá, siempre en contubernio con los organismos de inteligencia del Estado o anexos a la FFMM; elaboran y proveen a los directores y ejecutivos de los grandes medios de comunicación de masa y surten a las agencias internacionales de noticias del material necesario para ocultar, tergiversar o difundir falsas teorías sobre los orígenes, profundización y evolución de la guerra del Estado colombiano contra sus propios ciudadanos.

El ejercicio de la violencia como método de dominación está en la esencia de la élite que gobierna a Colombia desde los albores mismos de la República. Toma renovados bríos a partir de la década de los 40s. Crece y se extiende hasta nuestros días en forma de una espiral horrorosa donde cada peldaño del resorte contiene miles de huesos y calaveras de personas asesinadas bajo el desenfreno y la sed de sangre del Terrorismo de Estado.


A los muertos se agrega una impresionante estela de desaparecidos, desplazados, torturados, encarcelados, huérfanos y viudas; sin parangón en ningún otro país del hemisferio occidental.


Hasta el momento no se conoce una resolución de organismo multilateral, gobierno o de la “opinión pública internacional” condenando a los responsables de la barbarie y el genocidio en Colombia.


Solo el presidente Hugo Chávez se ha atrevido a denunciar pública y valerosamente las brutales atrocidades cometidas por Uribe, la casta dominante, los militares y los gringos en la tierra de José Antonio Galán, el comunero.


El bravío pueblo colombiano tuvo la fortuna y desgracia a la vez de ser escogido por los halcones de los Estados Unidos como el primer laboratorio de guerra contra-insurgente en América Latina.


Fortuna porque somos un pueblo guerrero en pos de la libertad; ni tiranos o potencia alguna nos amedrantan; nuestro país cuenta con una topografía montañosa y condiciones óptimas para desarrollar a plenitud la guerra de guerrillas. Del vientre de su suelo brotan, como flores silvestres, comandantes de inmensa talla: Manuel Marulanda, Jacobo Arenas Raúl Reyes, Iván Ríos… que se prolongan y centuplican en el cuerpo de mando y se expanden a toda la intrépida “Guerrillerada Fariana”, cantera inagotable de nuevos y brillantes capitanes revolucionarios.


Desgracia porque siendo Colombia un pueblo laborioso, cordial, alegre, amante y devoto de la paz; la tranquilidad, felicidad y convivencia pacífica; haya sido asaltado en su buena fe, por la camarilla gobernante y los guerreristas del norte que torcieron el rumbo “pacífico” del desenvolvimiento de las cosas; no dejando otra opción a los pobres de la patria, sino la de empuñar las armas para poder conquistar la altruista meta y anhelado propósito.


Al término de la Segunda Guerra Mundial Colombia fue sacudida por el vibrante verbo del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán, hombre de enormes calidades morales y éticas, poseedor de gran sensibilidad humana, quien fuera uno de los primeros dirigentes políticos de la izquierda en comprender y trasmitir a los desheredados que las causas de las profundas desigualdades sociales en que estaban sumergidas las “mayorías nacionales”, obedecían a la existencia de oligarquías indolentes y corruptas empotradas en las altas posiciones del Estado del cual se beneficia una casta en detrimento del resto de ciudadanos.


“El hambre no tiene color político. No es ni liberal ni conservadora”, decía. Contraponía el país nacional (las masas), al país político (las oligarquías); alababa la democracia en Rusia coqueteando con la igualdad social. Detestaba con todo su ser a las oligarquías, culpables de la postración del pueblo; abominaba el sometimiento imperialista, pero igual detestaba la xenofobia. Trabajaba por la restauración moral de la patria y la distribución social de la riqueza nacional.


¡Contra las oligarquías…por la Restauración moral de la nación!..¡A la carga! Fue su grito de batalla que estremeció la conciencia nacional y selló su muerte


Los postulados de Gaitán se fraguan con antelación pero se consolidan en los inicios de la guerra fría. La oligarquía liberal-conservadora colombiana y el imperialismo del Tío Sam los asumen como pérfida obra del “comunismo Internacional”.


Entre ambos idean y ejecutan el magnicidio en el ya remoto 9 de abril de 1948.


Desde entonces los gringos planifican, organizan, dirigen, asesoran, financian y ejecutan, hasta hace poco desde en la “sombra”, la guerra “Colombiana”. Siempre han estado amparados por gobiernos serviles pero Uribe rompe todos los records del entreguismo para dejarlos actuar con entera libertad.


Se explica así por qué el imperio pudo llegar tranquilamente con flotas de guerra, bases militares, alta tecnología, gran poder de fuego, tropa fresca y muchos dólares para continuar la carnicería en nuestro suelo sirviendo de escarmiento y amenaza a la vez contra gobierno y pueblos que se atrevan a resistir la esclavitud del capital.


El carácter de la guerra en Colombia ha cambiado radical y objetivamente. Al interior del país se torna guerra de todo el pueblo en contra del agresor. No debemos temer convertirnos en el Vietnam de este siglo. A la violencia del enemigo hay que responder con la violencia organizada de las masas porque nuestra guerra es justa.


En el plano internacional pueblos y gobiernos amenazados por el imperio están en la necesidad moral de respaldar las luchas de los revolucionarios colombianos.


La timidez y la cobardía en el momento actual, de quienes podemos hacer algo para evitar el zarpazo de la fiera, es un crimen monstruoso que de todas formas nos arrastra, indefectiblemente, a la muerte sin dar la batalla por la vida y perecer sin honor ni gloria.


Así lo calculó y pretende el imperio. Hagámosle abortar sus planes. En Colombia se juega la suerte del continente y ningún americano debe permanecer impasible.


Vietnam… el heroico Vietnam, Irak, Afganistán nos muestran el camino correcto que deben transitar los pueblos irreductibles.


Aquí seguimos su ejemplo. Cumpliremos nuestro deber, solos o con la solidaria compañía de manos y mentes que se rebelan contra la injusticia y el oprobio; “corriendo la misma suerte del agredido”… en este caso los colombianos somos los agredidos.


Estamos dispuestos a vencer o morir. No hay alternativa y esa es nuestra invariable resolución en lo que puede ser el Vietnam del siglo XXI, donde David vencerá a Goliat.

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