3.25.2009

La Perversa Moral de la Seguridad Democratica

20 de Marzo de 2009


La Perversa Moral De La Seguridad Democrática

Por: GABRIEL ANGEL

La moral es un asunto humano, comprende juicios de valor que los hombres hacen de acuerdo con su entorno histórico. La moral no proviene de la voluntad divina, se desprende del pensamiento colectivo de una sociedad. Si dicha sociedad se encuentra enmarcada dentro de rigurosos marcos religiosos, es muy probable que su moral tienda a identificarse con preceptos de esa índole. Pero porque la mentalidad colectiva así lo impone. En aquellas sociedades que han logrado reducir la cuestión religiosa al ámbito exclusivo de la conciencia, la moral no desaparece, simplemente se revela en su entorno natural, el de la costumbre.

Es moral todo aquello que la costumbre de una sociedad admite. El problema real se presenta cuando al examinar la sociedad se descubre que ella no es una totalidad homogénea, sino que está conformada por seres humanos que producen bienes para su subsistencia y confort, seres humanos que en el proceso de la producción material resultan diferenciados de manera nítida en distintas clases sociales. Y que en cualquier sociedad existen unas clases que han logrado imponerse sobre las otras. De donde resulta, para incredulidad de muchos, que la moral que identifica a una sociedad determinada, no es la expresión del sentir de toda ella, sino la expresión del interés de la clase o clases que han logrado hacerse al control de esa sociedad.

Aristóteles sostenía en su obra La Política que había hombres nacidos para mandar y hombres nacidos para obedecer. Una ley inmutable de la naturaleza que resultaba demasiado apropiada para una sociedad como la griega, en la que la mayor parte de la población estaba conformada por esclavos al servicio de unos cuantos amos. Durante la edad media, la Iglesia Católica, que era el mayor señor feudal de Europa, juraba contribuir a la mayor gloria de Dios enviando a torturas horripilantes y sentenciando a muerte en la hoguera, acusándolos de herejes, a todos los que se atrevían a poner en duda el dogma de su superioridad.

La esclavitud, las torturas y la hoguera estaban completamente admitidas y como vemos, justificadas, en sus respectivas épocas. Por los más importantes filósofos, por las más altas autoridades eclesiásticas. No creo que resulte demasiado atrevido imaginar que en realidad ese no era el pensamiento general, sino el que imponían por la fuerza y la culturización las clases dominantes de entonces. Las mujeres y los hombres condenados desde su nacimiento, o por obra de brutales ocupaciones militares a la esclavitud, debían pensar diferente. Al igual que las víctimas, los dolientes y simpatizantes de la herejía.

Pero no contaban, eran los sometidos. Sus ideas no tenían cabida. Igual podríamos decir de los comuneros de 1781 en el Nuevo Reino de Granada. La Corona española los consideraba bandidos y los decapitaba y mutilaba, además de prender fuego a sus bienes y regarlos con sal, porque era la costumbre de entonces. Costumbre nacida de los intereses del Imperio y los propietarios españoles, no de los indios, negros y mestizos oprimidos. Podríamos hacer una reflexión semejante sobre los obreros bananeros masacrados en Ciénaga en 1928, por amable insinuación de la embajada americana y fina atención del gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez. La moral avalada por el régimen difería de la de los proletarios abaleados.

Los cuatrocientos mil muertos que dejó la horrorosa violencia de mitad del siglo pasado, incluido el crimen de Jorge Eliécer Gaitán, y que tanta prosperidad económica significaron para prominentes jefes liberales y conservadores de entonces, fueron sepultados en el olvido gracias a los pactos secretos entre Alberto Lleras y Laureano Gómez al fundar el Frente Nacional. Jamás habría responsables de semejante horror. El clima de exclusión y represión política nacido de allí, pretendió ser elevado a costumbre general bajo la cobertura de la anhelada paz. Los de abajo, desposeídos y vencidos, juzgaron poco moral tal desenlace.

Las conveniencias de Washington y las ascendentes clase industrial, comercial y terrateniente criollas, no lograron convertirse en la percepción moral de toda la sociedad. Violentos conflictos revelarían que había otras maneras de ver la realidad, de concebir el futuro, que la verdad no pertenecía en forma exclusiva a los de arriba, que su moral era en realidad la inmoralidad convertida en costumbre. Marquetalia y 45 años de guerra intensa así lo demuestran. Trabajadores, campesinos, obreros, estudiantes, negros, indios, desempleados, informales, las clases inconformes se han encargado de certificarlo con su propia sangre.

Así hemos llegado al día de hoy, cuando los revolucionarios altruistas somos presentados como los perversos y malditos, mientras que los señores bien, la clase alta, los ganaderos, latifundistas, empresarios, banqueros y demás se presentan como los depositarios de la moral y las buenas costumbres. La cuestión es la misma del largo pasado, si bien las clases dominantes cuentan con recursos no imaginados en la era aristotélica. Ellas aseguran, por ejemplo, que carecemos de ideología, de principios, de moral, de decencia. Si se trata de las de ellas debemos decirles que sí. Pero encarnamos los sueños de los otros, que valen tanto o más que los suyos, porque son los de la mayoría de la población, así les duela.

La seguridad democrática aspira, y lo proclama sin pudor, a contar con un ejército de 44 millones de colombianos para enfrentar a las FARC. Entendemos que es un decir, aunque Uribe no vacilaría para insertar a los niños de pecho y los ancianos en la guerra. Por ahora comienza con uno o dos millones de informantes pagos, que seguro así figuran en la nómina, aunque más de la mitad del dinero se lo roben los mandos militares. Esos informantes tienen la misión de investigar y delatar todo lo que se relacione con nosotros o nuestra lucha. Se convierten en agentes de la inteligencia militar y policial. Aunque se vistan de civil. Se involucran en la guerra haciendo el papel de soldados enemigos.

Es decente y moral que el Estado colombiano, sus fuerzas militares, de policía e inteligencia, arriben a las regiones abandonadas y se aprovechen de la miseria de la gente, convirtiéndola, mediante unas monedas, en blancos condenados a muerte si son sorprendidos. Eso lo sabe bien el ministro Santos, y si no lo sabe, es porque es un pobre imbécil en manos de los Generales. Es moral que como consecuencia de los informes de inteligencia, mueran colombianos por montón o se atiborren las cárceles de gente humilde que trabaja por un país mejor. Pero es inmoral que caigan los informantes del Ejército. Permítanme creer que lo inmoral es haber condenado a Colombia a este terrible desangre y estar alentándolo a diario con dinero a manos llenas. Lo moral sería la solución política, y no jodan más.

*Combatiente de las FARC-EP


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